Salutatio marzo  de 2011

¿Qué más tengo que hacer? (Mc 10, 17)
Reflexiones ante la revitalización de las Escuelas Pías

Hay un pasaje en los evangelios sinópticos que siempre me ha hecho pensar y orar mucho. Lo he tratado de leer desde muchos puntos de vista y he hablado de él en muchos encuentros, sobre todo con jóvenes que se plantean su vida cristiana y su deseo de seguir, en fidelidad creciente, los pasos de Jesús. Desde que estoy al servicio de la Orden como Padre General, no puedo evitar leerlo pensando en las Escuelas Pías. Pienso que nuestra Orden puede estar viviendo una experiencia semejante a la de esta persona que se acerca al Señor y le pregunta algo así como “¿qué más tengo que hacer?”. El joven del texto evangélico le dice al Señor que desde hace mucho tiempo cumple los mandamientos y trata de hacer las cosas bien, pero siente que hay algo más que necesita. Y le pone un nombre: ¿cómo puedo alcanzar la Vida?

La respuesta de Jesús le deja profundamente pensativo. Jesús le dice que deje todo lo que tiene a los pobres y que le siga. Ni más ni menos. Nosotros somos ese joven, hermanos. Es verdad que ya hemos decidido seguirle, pero también es cierto que tenemos nostalgia de una mayor radicalidad. Es cierto que ya le hemos descubierto, pero es verdad que no hemos llegado a ninguna meta. Es cierto que hemos dejado todo por Él, pero también es verdad que el día en el que digamos, personal y/o institucionalmente que “ya no estamos llamados a nuevos pasos”, ese día habremos dejado de seguirle.

A la luz de esta experiencia narrada en el texto evangélico, me gustaría compartir con todos vosotros cómo estoy viviendo y pensando el intenso trabajo que la Orden está llamada a realizar para revitalizar su vida y su misión, al servicio del Reino de Dios, en seguimiento del Señor Jesús. Me gustaría ofreceros algunas reflexiones que puedan ayudaros a entender el momento de la Orden y el trabajo que trata de hacer la Congregación General. Estamos en tiempo capitular, y no podemos desarrollar nuestros Capítulos sin tener en cuenta las grandes opciones de la Orden y las referencias desde las que estamos invitándonos mutuamente a caminar. Expondré mi pensamiento en unos cuantos puntos concretos y sintéticos. Soy consciente de que todos ellos necesitarían de un desarrollo específico, pero no es posible hacerlo en este escrito. 

1-Las Escuelas Pías asumieron, en el Capítulo General de 2009 una serie de objetivos y compromisos de gran importancia. Yo diría que fueron unos objetivos ambiciosos, dinamizadores, exigentes. Este es el punto de partida desde el que arranco: nos hemos marcado un horizonte de renovación importante y de amplio recorrido. Estos objetivos se aprobaron desde la convicción común de que las Escuelas Pías necesitan una revitalización que fortalezca su vida y su misión. Cito algunos, a modo de ejemplo: una mejor pastoral vocacional, la fundación en algunos países en los que todavía no estamos presentes, el impulso de los cambios estructurales que necesitemos para hacer viable la presencia de la Orden en todos los lugares en los que estemos, un nuevo paradigma de Orden basado en una interdependencia solidaria de las Demarcaciones, el crecimiento en nuestras mentalidad de Orden, el impulso de la identidad carismática de nuestra misión, la vivencia más profunda de la espiritualidad escolapia, el impulso de la integración carismática del laicado, etc. Objetivos claros, exigentes y consensuados por el Capítulo General. A todos ellos les pusimos un nombre común: revitalizar las Escuelas Pías. Es muy importante ser conscientes de que tenemos un proyecto común y que todos formamos parte de él.

2-Pues bien, después de este año en el que he podido realizar una visita general a toda la Orden, he llegado a tres conclusiones claras. Os las expongo con sencillez y humildad, pero con convicción. En este momento, no dudo de ninguna de ellas.

    1. Los objetivos del Capítulo General de 2009, absolutamente necesarios para la Orden, no son alcanzables por las Escuelas Pías sin que procedamos a cambios fuertes y profundos en nuestro funcionamiento como Orden. Si no lo hacemos, no los podremos alcanzar y llegaremos al próximo Capítulo General en una situación de dificultad en más de un lugar. No dudo de esta afirmación: objetivos exigentes necesitan cambios profundos.
    2. La vida de la Orden no vendrá sólo por el impuso de uno o dos objetivos, sino por la combinación inteligente, sistémica y corresponsable de todos ellos. El crecimiento, la reestructuración, el incremento vocacional, son objetivos interdependientes.
    3. Estos objetivos exigen discernimiento, audacia y trabajo sistemático. No son el fruto de un decreto o de una decisión, sino de toda la dedicación y entrega de la que seamos capaces para hacer que la nueva situación, el nuevo marco, sea portador de vida y vida en abundancia. No son fáciles, y llevarán tiempo.

3-Permitidme tratar de explicar un poco mejor estas tres convicciones.

A-La primera quiere decir que los objetivos que nos hemos propuesto no son superficiales, no buscan sólo impulsar un aspecto de la Orden o dar un nuevo rostro en alguna zona determinada. No buscamos sólo fundar en un nuevo país ó conseguir un incremento en el número de nuestras vocaciones. Hermanos, estamos hablando de una nueva “cultura de Orden”, en la que, desde el amor a lo que estamos viviendo, nos abramos a nuevos horizontes y nueva vida para todos. No quisiera pecar de ingenuo ni de idealista al decir esto; quiero expresarme como creyente, como hombre de fe y como escolapio: estamos hablando de dar nueva vida a las Escuelas Pías.

Afirmo con convicción que “o cambiamos nuestra dinámica o no lo conseguiremos”. No quiero ser exhaustivo, pero sí quiero hablar con claridad y decir las cosas como son.

Elijo, a modo de ejemplo, un ámbito de los muchos que podríamos citar: la pastoral vocacional. Es bien cierto que muchas cosas no dependen de nosotros, pero algunas sí. Hablemos de ellas: en nuestra Orden, más de la mitad de los responsables de pastoral vocacional trabajan solos, sin equipo con el que reflexionar; bastante más de la mitad de esos responsables reconocen no tener preparación específica para el trabajo encomendado; la mayoría de ellos dedica menos horas de las necesarias a la labor vocacional, según su propio testimonio; sólo el 40% de las Demarcaciones tiene elaborado un proyecto de pastoral vocacional; sólo un tercio de los responsables dicen que el plan que hicieron se ha cumplido. Es bien cierto que hay otras cosas que funcionan bien, pero estos datos nos tienen que hacer reflexionar: si seguimos igual, sólo conseguiremos lo mismo.

Para los que impulsan esta tarea tan importante para la Orden, no tengo más que palabras de agradecimiento y valoración. Pero, al conjunto de la Orden, debo hacer una llamada a asumir que necesitamos cambiar el paso. Recuerdo las palabras de Juan Pablo II en 1997: “es necesario un salto de calidad en pastoral vocacional”. Pienso en el Documento de Aparecida cuando dice “esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza” (362). Pienso en nuestro Capítulo General cuando dice que “para la Orden, la Pastoral Vocacional no es una estrategia, sino la mejor expresión de nuestra identidad escolapia” (Declaración 7.16.a).

Los objetivos de la Orden exigen de los escolapios una nueva mentalidad, un cambio de paso, situarnos desde perspectivas un poco más generosas con nuestro propio futuro, impulsando cambios estructurales de cierta importancia. De lo contrario, no los conseguiremos.

B-Mi segunda convicción es que nuestros objetivos se deben impulsar de modo sistémico, coordinado e interdependiente. Son objetivos que se necesitan y se posibilitan los unos a los otros. Pongo un ejemplo concreto de esta afirmación, pensando en objetivos como la reestructuración de las Demarcaciones, las nuevas fundaciones y el cambio de compartir económico. Como los ejemplos han de ser concretos, me atrevo a localizarlo en un lugar definido: África Central. Pero lo mismo vale para América, Asia o Europa.

Deseamos impulsar una nueva Provincia en África Central. ¿Es posible que ochenta religiosos de cinco nacionalidades diferentes –guineanos, cameruneses, congoleños, españoles y polacos- puedan llevar adelante una nueva Provincia en tres países diferentes, en diez ciudades concretas, abiertos a impulsar, a lo largo del sexenio, alguna fundación nueva en contexto francófono y otra en contexto anglófono? ¿Es posible que esta nueva Provincia elabore un proyecto de crecimiento en sostenibilidad para, en comunión con una Orden que comparte de modo nuevo sus recursos, ser realmente una Provincia viable? Mi respuesta es sí. Y la respuesta de mis hermanos africanos es también positiva. Hermanos, no habrá nuevas fundaciones sin Provincias nuevas que asuman fundar; no habrá reestructuración posible sin cambio en nuestro sistema económico; no conseguiremos vida en toda la Orden sin que todos pensemos “por encima de nuestra propia realidad”, sin olvidarnos de ella, pero no cerrados en ella. No habrá vida si cada Demarcación piensa sólo en sí misma y en sus propias necesidades. Esto es claro para mí. Somos un cuerpo.

C-Y mi tercera convicción es que todo este proceso exige mucho trabajo, discernimiento y responsabilidad. Quien crea que estas cosas son cuestión de un decreto o de una decisión, está muy equivocado. Quien piense que basta con elaborar un buen proyecto, está muy despistado. Tenemos mucho que hacer. Por ejemplo, cuando nazcan las nuevas Provincias, habrán de recorrer un camino para configurar su nueva realidad, necesitarán priorizar sus opciones fundamentales, deberán ser capaces de afrontar situaciones que tienen difícil solución, necesitarán impulsar de modo inteligente todas las opciones que dan vida a una Provincia religiosa. En definitiva, necesitarán mucho esfuerzo y dedicación. Pero de esto, los escolapios sabemos mucho. Si algo sabemos hacer es trabajar, dedicarnos al bien de la Orden, entregarnos a la misión. Sigámoslo haciendo, pero con un horizonte claro.

Sintetizo: debemos avanzar en la comprensión profunda de la renovación a la que somos llamados, entenderla de modo global y coordinado e impulsarla con trabajo y dedicación. Después del Capítulo General, la Orden se sitúa en una nueva etapa. Es toda la Orden la que es invitada a revitalizarse y a impulsar cambios estructurales y también nuevas Provincias, desde nuevas perspectivas. La gran cuestión es crecer en mentalidad de Orden, en sentimiento de pertenencia a las Escuelas Pías y de corresponsabilidad con su vida y misión, y hacer posible que la Obra de Calasanz sea viable en todos los lugares en los que estamos y pueda nacer en otros nuevos. No buscamos sólo el bien de algunas Demarcaciones, sino el de todas.

Queremos hacer posible un nuevo funcionamiento de Orden. Por eso os pido que contempléis el desafío de la revitalización de la Orden y la propuesta de reestructuración no sólo en función de vuestras propias necesidades –que han de ser tenidas en cuenta- ni del camino recorrido hasta ahora –que ha sido rico, disponible y buscador-, sino del nuevo escenario en el que está la Orden, toda la Orden, y las necesidades de todos. Sólo así podremos avanzar en común y crear vida. Os lo repito: con vuestra disponibilidad, hacéis posible la vida de la Orden. Gracias.

4-Me gustaría también invitaros a vivir todo este proceso con mucha paz, pero con posturas abiertas, positivas y propositivas. Todos los procesos de cambio nos desinstalan en mayor o menor medida, y en todos hemos de ser conscientes de la postura en la que estamos. Con máximo respeto a todos, quisiera citar algunos puntos de vista sobre los que hemos de estar “en guardia”. 

A-Este proceso exige de todos nosotros discernir y decidir desde lo que es realmente central, no desde cuestiones periféricas o desenfocadas. No podemos ni debemos decidir desde los miedos (así no se puede construir nada, lo sabemos desde nuestra fundación) ni desde las sospechas, ni desde los desacuerdos concretos, ni desde apuestas personales o deseos de que prevalezca mi criterio. A lo largo de este año he podido contemplar, con alegría y esperanza, que los religiosos aman la Orden por encima de sus propias expectativas y que saben en qué aspectos hay que construir comunión fundamental por encima de discrepancias concretas. Pienso que nuestra revitalización y la construcción de nuevas Provincias, profundamente necesitadas por la Orden, es, sin duda, una de esas cuestiones centrales.  No es tiempo de agotarnos en cuestiones menores.

B-Tenemos que ser conscientes de que podemos caer –todos- en algunas tentaciones. Por ejemplo: querer utilizar la vida que brota en algunas Demarcaciones para sostener, en otras, modelos que ya han pasado y que no volverán, sin abordar a fondo las reformas y las opciones que en cada contexto son necesarias; pensar que nuestra Demarcación no necesita ningún cambio ni ningún nuevo compromiso, porque tiene vida suficiente por sí misma, sin darnos cuenta de que éste es un punto de vista incompleto al que le falta pensar en “qué necesitan de nosotros los demás”; creer que este proceso es sólo jurídico o institucional, sin darnos cuenta de que es, primero, espiritual y vocacional, pues la Orden cobrará nueva vida si somos capaces de crecer en nuestra identidad vocacional escolapia; confundir reestructuración con revitalización, sin darnos cuenta de que el primero es un medio y el segundo un objetivo más amplio que necesita los cambios estructurales pero supone muchas más cosas; discernir “en soledad”, sin tener en cuenta las expectativas de tantas personas que están comprometidas con nosotros; pensar las cosas en perspectiva sólo personal, sin la suficiente capacidad de escucha y acogida de la sensibilidad de los demás, especialmente de los más jóvenes, que están asumiendo la responsabilidad de hacer posible la Orden en contextos complicados; fijarnos sólo en las dificultades objetivas del proceso, olvidándonos de las oportunidades o –finalmente- simplificar las cosas, quizá con la mejor voluntad, diciendo que “todo se andará”.

C-Finalmente, deseo proponeros esperanza. La propongo porque la veo en la Orden, pero también porque la necesitamos. Tenemos muchos motivos para tener esperanza, y motivos de índole diversa: la calidad escolapia de la misión que estamos llevando adelante, el crecimiento de la Orden en diversos contextos, el crecimiento de un laicado escolapio claro y corresponsable, el dinamismo de tantos religiosos que viven en plenitud su día a día en el lugar en el que les corresponde estar, la positiva acogida que está teniendo el Capítulo General en el conjunto de la Orden, el testimonio de fidelidad de los ancianos… ¡tantas cosas!. Vivamos con esperanza, como hijos de Calasanz, pero con una esperanza inteligente y comprometida. La razón central de nuestra esperanza es nuestra fe en Dios y el amor que de Él hemos recibido. Y nuestro compromiso es testimoniarla ante los niños y jóvenes que Dios ha puesto en nuestro camino, a través de las decisiones que seamos capaces de tomar.

Termino. He dicho más arriba que tenía tres cosas claras. Pues bien, me gustaría añadir una cuarta, que da sentido a todas las demás. El camino de revitalización de la Orden es, por encima de todo, una tarea espiritual. No somos una organización que se reestructura, sino un grupo de seguidores de Jesús que busca dar las mejores respuestas para poder llevar adelante su misión. El desafío es espiritual, toca nuestra identidad y exige planteamientos de fondo sobre los que me gustaría escribir en una próxima ocasión.

¿Habéis pensado alguna vez qué fue del joven que se acercó a Jesús preguntándole “qué más tengo que hacer”? A mí me gusta pensar que, finalmente, dio una oportunidad a la propuesta del Señor y se atrevió a vivir desde la extraordinaria experiencia de saberse totalmente en sus manos.

Recibid un abrazo fraterno.

 

                                                                     Pedro Aguado
                                                                     Padre General